¡Qué amplitud!¡Qué vistas! Una maravilla, oigan. Aunque de imaginación, poca, la verdad. ¿Para qué te vas a devanar los sesos intentando encontrar un eslogan decente si puedes copiar el de otros? Empezando por el color corporativo y siguiendo por la frasecita que hizo famosa Matías Prats para ING Direct. Y luego, cuando llega la hora de poner el toque personal, metes un pedazo de tilde ahí donde no hace falta. En “amplia”. Porque es tan amplia que merece ser “ámplia“. ¿Y por qué no “ampliérrima”? Ya puestos…
Esto del lenguaje políticamente correcto y nefastamente escrito va a acabar con nuestro querido castellano. Están empeñados en acabar con el género neutro, que en nuestro idioma se define con el masculino. Así que proliferan por ahí carteles como éste, con sus “niños/as” por doquier. Se les ha escapado uno, afortunadamente.
Y es que ser vigilante del idioma políticamente correcto es muy duro. Hay que estar pendiente de cada toque machista, de hablar de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos (y Alumnas, faltaría aquí), de colar el “españoles y españolas” en los mítines políticos… Tantos y tantas atentados y atentadas contra la igualdad que se les olvida poner las comas en su sitio. En el cartelito en cuestión hay para dar un curso acelerado de gramática y puntuación basándose únicamente en sus errores. Y lo que sale en la imagen es sólo la mitad del cartel…
¿Qué es una mascota? ¿Un niño o una niña? Difícil de apreciar en este caso, con ese perrito con corbata impreso en una camiseta de la planta de moda infantil de unos grandes almacenes. “Mi mascota preferido“. Un híbrido. O mejor dicho un perro hermafrodita, ahora que se lleva tanto eso del sexo indefinido. Y no, la camiseta no estaba rebajada precisamente.
Lo que quieren, básicamente, es que la gente se lleve los discos. Y de forma tajante. A la izquierda, la promoción en el Carrefour de Valladolid. A la derecha, en un Carrefour de Alicante. Armando Manzanero, de profesión sus boleros, lo cantaba con el acento cambiado, “llevátela”, suplicaba, “si al fin y al cabo ella piensa mucho en ti, por la forma en que te mira comprendí que olvidó todas las cosas que le di”. Y volvía: “sevátela“, siseaba y susurraba acongojado. Los del hiper de Valladolid, quizás torturados por Manzanero en el hilo musical, nunca se sabe, fueron a poner el cartel y dudaron. ¿Dónde ponemos el acento? Pues en la segunda ‘e’, claro, que al fin y al cabo es imperativo. Que te lo lleves, hombre.
Miles de euros se gastan cada año en pequeñas cosas para promocionar el turismo. Folletos, ferias como Fitur, carteles… Y no hay nadie que revise lo que se paga. Una negligencia que lleva a ver aberraciones como esta en todo el centro de Soria. Para los señores de la Junta de Castilla y León, que al fin y al cabo parece que son los que pagan esta fiesta: en primer lugar, no se pone punto después de un interrogante. Y en segundo, “donde” también se acentúa en este caso, al igual que los dos “qué” precedentes.
Y la respuesta es fácil. ¿Dónde ir? A fundar una oficina de reclamaciones ortográficas para que al autor del cartel le quiten un 10% de lo que se le pagó a modo de multa. A ver si así empezamos a poner más cuidado, que dicen que esta tierra es la cuna del castellano. A este paso va a ser también su tumba.
En primera página y con la zeta de ‘El Zorro’. Zas. Así aparece zarzillo en un periódico. Lógico. De zarza, zarzillo. Como zarzaparrilla, zarzamora y zarzal. Una metamorfosis ceceante que ha convertido el zarcillo de la vid -que está correctamente escrito en la letra pequeña del pie de foto- en una zarza diminuta de género masculino. Eso sí, siete y de oro, todos para Castilla y León.
Los ‘bandos’ que publican en sus tablones las comunidades de vecinos son un filón. Claro que en muchos casos se justifica por tratarse de gente mayor, que tuvo escasa formación académica. Lo peor es cuando los mismos errores se ven en los carteles que inundan la facultad. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión, que diría Michael Ende. En este caso, el verbo “timblar“, versión china de “llamar al timbre”, es una nueva aportación al idioma. Porque “timbrar”, para quien no lo sepa, tampoco sirve para decirlo.








